Por una nueva revolución mexicana, una revolución de consciencias.

Quienes crecimos y fuimos educados en México, aprendimos a concebir la Revolución  como uno de los sucesos más importantes en la historia de un pueblo hasta entonces sometido y explotado.

Nuestros maestros nos explicaban que antes de la Revolución, en México no había democracia, sino dictadura. Nos contaban también que antes de la Revolución los campesinos en México no eran dueños de sus tierras, que la infraestructura y los recursos naturales se encontraban en manos extranjeras, que los obreros eran explotados, que trabajaban jornadas de más de 8 horas diarias y que carecían de los mínimos derechos laborales. Pero eso era antes.

La Revolución habría significado un cambio radical. Gracias a la entrega de héroes como Francisco I. Madero, los mexicanos habían obtenido el derecho de elegir libremente a sus gobernantes. Gracias a la  lucha de caudillos como Emiliano Zapata y Francisco Villa, se había consumado el reparto de tierras y consolidado un Estado de igualdad social.

Después de la Revolución, nada sería igual.

La Revolución, nos decían, no ha terminado. El proceso continúa. Consecuencia de la Revolución es que en México la educación oficial sea laica, gratuita y obligatoria. Consecuencias de los ideales revolucionarios fueron también la posterior expropiación de los ferrocarriles y la expropiación del petróleo.

Por eso en México cada 20 de noviembre festejamos y marchamos para conmemorar el inicio de la Revolución.

Desgraciadamente, hoy en día la realidad de nuestro país dista mucho de ser aquella que idealizaron los grandes hombres de la Revolución. Los ideales revolucionarios han sido sistemáticamente traicionados por nuestros gobiernos, desde hace varias décadas, pero especialmente los últimos 24 años.

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Un siglo después del inicio de la lucha revolucionaria, el panorama es desolador. Cada vez más campesinos se ven obligados a abandonar sus tierras para entregarlas a las grandes corporaciones que se encargarán de explotarlas.

Cada vez más, los trabajadores ven reducirse sus derechos laborales. La educación en las escuelas oficiales se deteriora drásticamente, los colegios privados se multiplican, y algunos Estados han comenzado a aprobar leyes para reinstaurar la educación religiosa.

La infraestructura, la industria, la minería y los recursos naturales se encuentran cada vez más en manos extranjeras y la re-privatización de la industria petrolera parece inminente.

Y qué decir de la democracia.

Los últimos procesos electorales han puesto en evidencia la farsa en la cual se ha convertido el sufragio efectivo proclamado por Madero. En México los ciudadanos votan, unos por el partido que les indica su jefe, otros por el partido que les indica el sindicato. Unos por miedo a perder el empleo, otros por miedo a perder el apoyo. Unos a cambio de dádivas, otros a cambio de favores. Muchos se limitan a sufragar por el partido que la oligarquía les indica, inducidos y manipulados por los aparatos ideológicos del Estado a través de los medios masivos de comunicación.

Y unos cuantos, pero afortunadamente no pocos, sufragan movidos por la reflexión y la convicción política.

En los últimos 12 años, México ha tocado fondo. Hemos sido testigos de un aumento considerable de dos tipos de pobreza: la pobreza material, y la pobreza moral. A fín de fomentar el consumo desmedido, los gobiernos neoliberales han promovido valores sumamente negativos.

Se han fomentado el egoísmo, el individualismo, el clasismo, la arrogancia y la fatuidad. Se ha elevado la codicia al rango de virtud, y se ha implantado la idea de que dinero y estatus son lo único que importa en la vida, y que para obtenerlos, no importan los medios, ni los escrúpulos, ni los principios humanos, éticos o morales.

Lo único que importa es obtener el poder económico o político a como dé lugar. Legalmente, o no. Éticamente, o no. Moralmente, o no. “Háiga sido como háiga sido”…

Quisiéramos hacerte un llamado, a tí, lector, a tomar parte en una Revolución de consciencias.

Nos sentimos preocupados por el nivel de degradación político y social de nuestro país. Porque amamos a México y nos sentimos comprometidos con su pueblo. Porque consideramos importante apoyar, aún estando a miles de kilómetros de distancia, a nuestros hermanos en México, con el fín de construir una sociedad mejor, de la cual podamos sentirnos orgullosos.

Por eso, manifestamos nuestra solidaridad con todos aquéllos que en México han abrazado la bandera del cambio, y queremos exhortar a quienes aún no lo han hecho a participar activamente en la transformación de nuestro país.

¿Cómo hacerlo? Comenzando con tu persona.

La sociedad en que vivimos es producto de nuestras acciones. Y nuestras acciones son a su vez el resultado de nuestros pensamientos.Por ello, para iniciar una transformación verdadera, es necesario estar dispuestos a cambiar nuestra forma de pensar. Nuestra lucha no es con armas, sino con ideas.

Es indispensable y urgente promover una nueva corriente de pensamiento para fomentar y fortalecer los valores humanos, éticos y morales. Sólo de esta manera podremos contrarrestar la mancha negra de codicia, individualismo y deshumanización que se ha extendido por nuestro país.

Desde Holanda nos comprometemos a colaborar con esta causa, y desde aquí queremos decirle a nuestros hermanos en México, al campesino, al obrero, al maestro, al estudiante: Estamos con ustedes, y juntos vamos a lograr la transformación de nuestro país.

Por una vida digna para todos los mexicanos.

Texto por Pablo Allende.

Primera imágen via Fundación Sinaloa

Segunda imagen via Russell means freedom. A century of Insurgency in Mexico.

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One response to “Por una nueva revolución mexicana, una revolución de consciencias.”

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